PREDICAR EN EL DESIERTO


Hace unos meses estaba de vuelta a casa en un día de mucho viento y en una de las pistas asfaltadas del rural gallego por las que transito todos los días, a lo lejos vi a dos personas de cierta edad viniendo hacia mi posición, inclinados hacia adelante, luchando contra el viento. No los conocía y en el medio del vendaval y de la soledad del campo la verdad es que daban ganas de pararse y subirlos al coche, aunque más bien parecía que estaban de paseo. La cuestión fue que cuando me fui acercando hacia ellos, me di cuenta de que luchaban menos contra el viento de lo que pensaba: ella leía su móvil y él estaba escuchando el suyo, posiblemente un audio, en lo que parecía un paseo vespertino. Como no los conozco, no tengo ni idea de si era así o asá, pero la escena me llevó a dos pensamientos.

El primero fue que me recordó a una imagen del principio de varios capítulos de The Walking Dead, en la que se ve a un zombie caminando a duras penas por un campo solitario. Que no se me interprete mal; no pretendo decir que esas dos “pobres” personas mencionadas parecían zombies, sino que su supuesta soledad y lucha inconsciente contra los elementos me recordó a las penurias del muerto viviente, quien como tal, tampoco tenía consciencia de las mismas en su deambular por el prado. En el caso de la serie de ficción, dicho caminante es visto en un capítulo por primera vez por uno de los protagonistas y simboliza precisamente cómo este último progresivamente se aleja y se aisla del grupo de humanos al que pertenece.

El segundo pensamiento es mezcla de todo lo anterior. Me hizo sentir algo que yo concretamente y mucha gente sentimos en algún momento: predicar en el desierto. Esta expresión tan arraigada en nuestro vocabulario se usa muy a menudo cuando hablamos de la sociedad, de las nuevas generaciones y de nuestra sensación de imposibilidad y, con algo de autocrítica, de nuestra incapacidad de transmitir. Esto creo que se produce especialmente en el mundo de la enseñanza y en la educación de l@s hij@s. Los continuos cambios de valores, patrones de conducta y demás en la sociedad llevan a conflictos ineludibles.

En ocasiones me veo o en una isla o en un prado hablando solo, aun cuando en teoría estoy rodeado de gente que supuestamente está escuchando. Cuando l@s educador@s y, en el caso de l@s sensei, ponemos todos nuestros medios para evitar que esto ocurra o mitigar lo más posible esa sensación de que nuestro mensaje no llega al receptor, supongo que no nos podemos recriminar nada. Pero esto tampoco me parece justo, porque parece que siempre es culpa del receptor, si bien es cierto que cuando somos adolescentes es muy común que las cosas nos entren por un oído y nos salgan por el otro. Y los experimentados a veces ya no escuchan.

En la competición creo que hay campeones que lo son gracias exclusivamente a su trabajo, otros gracias al trabajo conjunto con el equipo técnico, otros gracias en gran parte al entrenador, quien tocó la tecla que había que tocar, o a veces los son incluso a pesar del entrenador. Que sintamos que predicamos en el desierto no significa matemáticamente que tengamos razón y simplemente “es que no se enteran”. Entiendo que hay que mirar las causas y ahondar en buscar soluciones, empezando por uno mismo.

M. Mallo

Judo Club Terras de Santiago               


Comentarios

Entradas populares de este blog

LOS ERRORES NO FORZADOS

EL ACTOR SECUNDARIO BOB

A IMPORTANCIA DE APRENDER DO MALO