EL SÍNDROME DEL NIDO VACÍO
Como bien es
conocido, de todos los animales el ser humano es muy probablemente el que más
tarda en independizarse de sus progenitores.
En mi vida he
tenido varios gatos y he observado el comportamiento de los míos y del de los de amig@s y conocid@s.
Algo que siempre me ha llamado especialmente la atención es la relación de las
hembras hacia los hijos, generalmente machos, que se quedan ya adultos en el
hogar. La adolescencia de los felinos comienza en edad muy temprana y los
machos acostumbran incluso a desaparecer meses cuando salen ás xaneiras, es decir, cuando
buscan a las hembras que están en celo en los primeros meses del año.
Curiosamente ese mismo gato macho joven, cuando vuelve a casa después de estar
“de fiesta”, sigue comportándose en ocasiones como si aún estuviera al amparo
de su madre. La madre actúa como si tuviera aún que cuidar de su otrora bebé,
pero al mismo tiempo, le insta a marcharse. He visto a hembras cazar, su hijo
ya adulto venir a por la comida, la madre gruñirle, ella darle la comida a
regañadientes, como si su instinto como madre le obligara a darle su propia
comida al hijo, aun cuando este es ya adulto, y este último reclamar de su
madre lo que siempre le dio: cuidados.
Hay un concepto
que se usa mucho hoy en día para el momento en que l@s hij@s se acaban de
independizar y l@s padres y madres, sobre todo estas últimas, experimentan
tristeza, vacío, soledad, etc: el síndrome del
nido vacío. Hay mucho
debate sobre cuánto de mito y cuánto de verdad hay en dicho síndrome. Supongo que la mayoría de los progenitores, con el tiempo,
llegado su momento, somos más felices sin la prole, por nuestro propio bien y
porque l@s hij@s han conseguido labrarse su futuro. Yo añadiría que quizás haya
también bastantes padres y madres que parecen anticiparse a la independencia de
su hij@ y ya experimentan una fase previa del síndrome cuando est@ no aparenta
necesitarles tanto como antes.
Recientemente
estábamos varios sensei del club mirando los equipos para algunas ligas,
comentando sobre la progresión de nuestro alumnado - infantil, adolescente,
adulto y el de competición. Por alguna razón, esta situación que se produce
continuamente con el ir y venir de nuestr@s pupil@s y que llevo experimentando toda mi vida como sensei,
en esta ocasión me hizo pensar en que de alguna manera l@s sensei
estamos en un continuo estado de síndrome del nido vacío, en alguna o varias de
sus fases.
Cuando un/a
alumn@ lleva con nosotr@s toda la vida y, por estudios o trabajo o porque sí,
ha de marcharse, nos alegramos y al mismo tiempo sentimos tristeza. Sabemos que
es normal que esto suceda, pero en muchos casos, tememos que llegue el momento.
Pienso incluso que a veces hasta nos anticipamos pensando en aquell@s judokas
que de pequeñ@s despuntan y nos preguntamos cuándo lo dejarán. Y al mismo
tiempo tenemos la extraña sensación, o incluso esperanza contra natura, de que
algun@s nunca se irán del judo.
Quizás lo que sucede es lo mismo que a l@s alumn@s que se han marchado y vuelven para saludar o para retomar los entrenamientos; en su cabeza no conciben que su sensei se haya podido marchar, como si est@ fuera parte del mobiliario o un algún tipo de Frankie Dunn, el personaje del eterno entrenador de boxeo en el film Million Dollar Baby de Clint Eastwood. L@s sensei sabemos que todo tiene fecha de caducidad y que es ley de vida que nuestr@s judokas algún día lo dejen - ¿más tarde que temprano?- pero la verdad es que a menudo cuesta aceptarlo.
M. Mallo
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